Buen viaje, don Floro

MaulenEste domingo falleció Florindo Maulén Lillo, a la edad de 79 años, una leyenda del periodismo deportivo. Empezó como linotipista en El Mercurio y llegó a ser jefe de Deportes en La Tercera.

Hoy son muchos los que lo recuerdan. Entre ellos, Eduardo Sepúlveda, autor de este sentido homenaje en el suplemento deportivo de La Tercera.

 

Pasión, talento y patas

Por Eduardo Sepúlveda Zelaya

Me van a perdonar, espero, pero ayer, a los periodistas deportivos se nos fue uno de esos personajes que, para bien o para mal, definieron durante décadas el perfil de la actividad: Florindo Maulén.

Es contradictorio hablar de la muerte tratándose de un tipo tan vital como Maulén Lillo, quien siempre pensaba que la peor posibilidad estaba al final de la hilera y no en el inicio. Fue autodidacto, en los tiempos en que bastaba con algo de talento, muchas patas y pasión para dedicarse al asunto de las noticias. De hecho, Maulén era trabajador de las prensas en El Mercurio hasta que un día comenzó a meterse, poco a poco, en la redacción de otro medio, El Diario Ilustrado. De las universidades, que a esas alturas iniciaban su trabajo de profesionalizar el oficio, poco o nada sabía. Tenía lo necesario, lo ya dicho: pasión, talento y patas, muchas patas.

Por cierto que eran otras épocas, cuando los reporteros eran amigos de las fuentes y de las causas nobles, cuando pedían la palabra en las reuniones directivas, molestos quizá por lo que consideraban un mal paso o una deslealtad. Cuando se emocionaban sin vergüenza alguna porque uno de sus amigos triunfaba o perdía, o porque un equipo chileno conseguía una victoria cualquiera.

Maulén, quien también trabajó en La Tercera y La Nación, vivió el pulso de sus tiempos, pues sus especialidades eran cubrir el boxeo, el ciclismo y el básquetbol, tres de las disciplinas que por estos días están al borde de la extinción o transitan lejos de los años en que “Don Floro” y su socio, Tito París, pasaban horas y horas sobre un auto, a la rueda de los pedaleros, hasta encontrar el aspecto épico o dramático que a otros se les pasaba delante de las narices. Fue uno de los que aconsejó a Martín Vargas, Godfrey Stevens y otros pugilistas de menor gloria, o quien bautizó a Hans Gildemeister como el “Biónico”. Tan cercana era la relación con los deportistas, que el tenista incluso interrumpía sus conferencias para saludar, emocionado, a ese tipo de voz tan gruesa como sus lentes.

Recorrió el país casi al detalle y no había quién no lo conociera, incluyendo ciudades donde él era, generalmente, el rey de la fiesta. Si había que cantar un tango, ahí estaba; si se precisaba bailar cueca, pedía espacio al primer compás; si había que meter la mano en el bolsillo para ayudar a un amigo de un amigo, también estaba.

Con él se fue una forma de ver el mundo. Hoy somos más amargos e informados, pero también mucho menos sensibles y menos humanos.

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